El primer beso

El problema del primer beso es que no quieres que sea el último. Anhelas que el aroma de ese cuello se quede impregnado entre tu ropa sin importar el humo color madrugada. Deseas que la mordida perdure, que el deseo sea tan intenso como recíproco, y que la madrugada sea tan

El problema del primer beso es que no quieres que sea el último. Anhelas que el aroma de ese cuello se quede impregnado entre tu ropa sin importar el humo color madrugada.

Deseas que la mordida perdure, que el deseo sea tan intenso como recíproco, y que la madrugada sea tan efímera como eterna.

El problema es que mientras sucede, las horas se convierten en días. Y los días se transforman en años. El segundero del reloj ya no marca las horas, sino las ganas de volver a besar.

Y es que labios como los tuyos ni con todo el licor se olvidan y tampoco se recuerdan. Son tan necesarios que mientras lees esto, posiblemente yo ya estoy en una cama deseando que estuvieras.

Así de simple. Que estuvieras. Sin el afán de querer llevarlo a otro lugar. Solo ese. Que estés. Que estés tan cerca para besarte, y tan lejos como para abrazarte hasta que nos amanezca.

En este camino te deseo. Deseo tus labios. Deseo tus mordidas. Deseo regresarme a besarte. Deseo inhalar tu aroma. Deseo que sea inicio de semana y anhelar todo el día para tener la oportunidad de besarte.

Desearía que tú desearas lo mismo. Tanto como este primer beso.

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